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Mamá y sus muñecas

La vida lo volvió a llevar hasta allá.

Grande como la familia, cálida y de madera… no de ébano, quizá de pochote, pero madera que calentaba un hogar y a una madre que en el rinconcito de la sala papaya tenía un rosario guindando, y cerca de él, como quien jugara una mala broma, o profanara la pureza de la virgen María y del rosario de madera posado sobre la mesita consagrada, un calendario de la chica Tropical 1986 hacía gala. Tres niños saltaban sobre el sofá oscuro y con aires señoriales que estaba pegado a la ventana y que separaba el amarillo insaciable del bombillo incandescente que se asomaba en el techo blanco, con el frío mercurio lejano de la barriada.

Mami me serviría la comida, papi abriría una cerveza. Lo entiendo mami, no iré a tu cuarto y me dormiré en tu cama de los vuelos rosados y blancos, en donde descansa tu muñeca de niña y sobre el ropero junto a esa divinura y perfección hecha cama, las que te pudiste comprar a tus veintitantos años, esas que cada vez que sabes que estás sola te buscas el banquito (sí yo te he visto por el huequito que está en mi cuarto) y te pones a acariciarlas, mientras las ventanas acumulan telas de araña, la silla de la ropa sucia ni se vé, y la coqueta negra con ribetes dorados estaba llena de tus coloretes, labiales y esos rulos que Juan y yo usábamos de carritos cuando los pocos juguetes que teníamos no eran suficientes para construir la gran ciudad que estaba en nuestras mentes.

¡Esta sopa que viste en Teleclub está asquerosa!. Si… ya me voy al cuarto. Fefo y Juan tragaban más rápido para no conocer la paleta calienta nalgas, esa que tenías encima cocinita de gas y que estaba negra, porque la gran cocina en donde cada chunche tenía su vestidito, siempre te quedó grande, aun así amaba tu arroz tostado porque siempre imaginábamos que era ese cereal que alguna vez vimos en el televisor con antena de conejo y colores imaginarios y así lo tragábamos porque Fefo, Juan y yo acordamos tragar sin hablar, pero esa noche me harté de tu cocina fatal. Papá te hacía gritar esa noche, las delgadas paredes no dejaban secretos, pero el huequito esta vez sí lo tapó papá…

Por fuera el jardín se fue marchitando. Las hortensias murieron, y el color papaya de la casa se tornó más oscuro. Vos mami, vos estabas siempre con tus muñecas. Fefo, Juan y yo ya no estábamos en casa.
Nuestro cuarto era grande pero pequeño a la vez de camas ordenadas y con tres carritos sin ruedas tirados en el piso al igual que los libros de cuentos que nos leías y que luego en el tiempo en que papi no estaba ahí se acumuló todo lo de él ahí. Decías que ibas a limpiar y a devolverlo a su lugar. Nunca lo hiciste. Toda la porno quedó ahí. Sadomasoquismo era la receta nocturna. A vos parece que poco te importó eso. Tus muñecas te dibujaban algo de felicidad, eran tu droga. Mi droga fue luego el crack. Yo no tenía muñequitos de acción.

Veinte años han pasado, y vos, pasas en el baño sin limpiar, ese que alguna vez disfrutó de la envidia de quien pusiera sus posaderas en él. Yo me torturo recordando la casa que se desmoronó como nuestro hogar. En la calle olvido todo, olvido quién y qué fui. Hoy camino buscando respuestas y la vida me volvió a traer hasta acá. Giro la llave y vos estabas en la cama, morías por dentro, por fuera eras la misma niña de las muñecas y del rosario en la sala, pero los cuadros de paisajes felices estaban volteados, tu ropero despareció, y tu cama soñada era solo un catre. Nos hemos convertido en miserables.  Me volviste a ver, y sentada en la cama al verme pálido, con los ojos inyectados de sangre, y como ha de verse un tipo como yo, lloraste desconsoladamente y gritaste casi muriendo: ¡Perdóname!. La vista se nos nubló. La casa era testigo tímido otra vez, y desde fuera, las luces de la casa fueron más fuertes que el mercurio tímido que ahora iluminaba al tumultuoso barrio.

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